ASESINATO ROBERT KENNEDY : OTRO ENGAÑO

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ASESINATO ROBERT KENNEDY : OTRO ENGAÑO



El 4 de junio de 1968 se apuntó la mayor victoria en

su ca­rrera hacia la nominación demócrata al ganar las
primarias en Dakota del Sur. Justo antes de medianoche
quedó claro que Ken­nedy había ganado también en
California, acercándose un paso más a la nominación
para la presidencia del Partido Demócrata. Hasta esa
fecha, parecía que nada lo detendría para obtener la
nominación oficial de su partido.
Tras dejar la sala de baile donde había pronunciado su

discurso de victoria, el senador recorrió el camino
hacia la cocina del hotel Ambassador.



Pasaban quince minutos de la medianoche. El can­didato
se dirigía a dar una conferencia de prensa en la
cercana sala Colonial. El camino más rápido era volver
por la cocina y atra­vesar la despensa. Entonces se
oyeron unos disparos.

Kennedy yacía en el suelo, sangrando abundantemente
por la cabeza. Una bala se incrustó en su cerebro. "Lo
que ocurrió sigue siendo un misterio. A pesar de los
sesenta testigos que se encontraban en la sala, todo
fue tan rápido que la gente no dejó de mirar en todas
direcciones; hubo tantos heridos que los testigos no
pudieron ver realmente lo que pasó", indica Phillip
Melanson, profesor de ciencias políticas de la
Universidad de Massachusetts además de escritor.

LA ACTUACIÓN POLICIAL

Cinco víctimas yacían en la cocina. Entre ellos, el
ayudante de Kennedy, Paul Schrade, estaba herido en la
cabeza. "Sentí -re­cuerda- como si me hubieran
electrocutado. Estaba entumeci­do y me dolía el pecho.
La gente me había pisoteado durante el caos que se
produjo después."

Un joven con una pistola de ca­libre 22 en la mano y
los ojos vidriosos permanecía entre la mul­titud que
gritaba. Hubo una dura lucha por quitarle la pistola
y, en medio del caos, alguien gritó " Matadlo".
Finalmente, con­siguieron reducir al pistolero.


Minutos después la policía llega­ba a la escena del
crimen y se apresuraba a sacar al sospechoso del hotel
Ambassador y meterlo en un coche. Lynn Compton, ex
fiscal del Estado, lo explica así: "Tenía la pistola y
estaba carga­da  con balas; no había duda de que una de
ellas había matado a Kennedy" .
Los oficiales de policía se apresuraron a afirmar que
no iba a ocurrir lo que en el asesinato dé su hermano
en DalIas, donde el departamento de policía había
hecho el ridículo por permitir que Jack Ruby matara al
presunto asesino del presidente, Lee Harvey Oswald,
antes de que se celebrara el juicio. "Aquello causó un
trauma y un ridículo nacional", explica Phillip
Melanson.

La posibilidad de una conspiración estaba en la mente
de todos y las acciones de la policía fueron objeto
del mayor de los escru­tinios y de todo tipo de
comentarios. Cuando los agentes metieron al sospechoso
en una sala de interrogatorios, él se sentó tranquilo
pero se negó a decir su nombre. "Casi empezó a
disfrutar del interrogatorio. Se comportó como lo que
nosotros llamamos un chulo", cuenta WillianJordan,
sargento del departamento de Policía de Los Ángeles.

A última hora de la mañana, un joven apareció en el
depar­tamento de policía de Pasadena; había visto una
foto del agresor en el periódiko y dijo a los agentes
que el sospechoso era su her­mano. Se registró el
hogar de la familia Sirhan en Pasadena y, dentro de la
habitación de Sirhan, los investigadores encontraron
lo que selló su destino: dos libros de notas, llenos
de apuntes donde había garabateado "RFK... RFK... y
RFK debe morir el 5 de junio de 1968". Era prueba
suficiente.


Tras veinticuatro horas de agonía, la mañana del 6 de
junio el secretario de prensa Frank Mankewicz emitió
un trágico comu­nicado de la muerte de Robert Kennedy
en el hospital El Buen Sa­maritano de Los Ángeles. Lo
habían matado tan sólo dos meses después de que el
líder de los derechos civiles, Martin Luther King ]r.,
también fuera asesinado en Memphis, Tennessee, por la
bala de un rifle que nadie está seguro quién disparó.


Sirhan Sirhan fue acusado del asesinato de Kennedy.
Aquel joven delgado, desco­nocido y modesto, de
repente fue catapulta do al centro de la opinión
pública. Mientras el país se disponía a enterrar a
otro Ken­nedy asesinado, comenzaron los preparativos
para el juicio de Sir­han.

Tanto la defensa como la acusación intentaron
contestar a la pregunta que el libro de notas no
lograba descifrar: el motivo del asesinato.

El acusado repitió numerosas veces a la policía que no
recor­daba nada sobre los disparos. Dijo estar confuso
sobre lo que había ocurrido aquella noche en el
Ambassador. Durante los meses siguientes, Sirhan fue
sometido, tanto por parte de la acusación como de la
defensa, a varias sesiones de hipnosis en un intento
de hacerle recordar los hechos.

Sirhan nunca admitió el asesina­to de Robert Kennedy,
por lo que se dejó en manos de los fisca­les
determinar un posible motivo. Como era palestina,
insistieron en que la razón del asesinato era debido
al apoyo del senador a Israel y su promesa de que, si
era elegido presidente, suministraría a ese país
aviones militares.

Cuando comenzó el juicio, los abogados de Sirhan
tomaron una importante decisión: no se centrarían en
la culpabilidad de su cliente o en las pruebas
físicas. Por el contrario, se apoyaron en demostrar
sus mermadas facultades mentales. Presentándolo como
un asesino loco, sus abogados esperaban, al menos,
salvado de la pena de muerte. Sin embargo, la
estrategia de defensa al cuestionar el estado mental
de Sirhan falló.

En abril de 1969, Sirhan Sirhan fue acusado de
asesinato y condenado a muerte en la cámara de gas de
California. La sentencia fue conmutada más tarde por
cadena perpetua, después de que el Tribunal Supremo de
Estados Unidos declarase inconstitucional la pena de
muerte. Los acontecimientos de aquella noche de junio
de 1968 nunca fueron resueltos. El departamento de
Policía pidió al público que confiara en la versión
oficial del suceso. El caso fue cerrado, o eso
parecía.

DEMASIADAS INCÓGNITAS SIN ACLARAR

En el juicio, la labor policial y las pruebas nunca
fueron cuestio­nadas. Los críticos de la investigación
insistieron en que queda­ban lagunas sobre la
actuación de Sirhan en solitario. La prime­ra cuestión
que no estaba clara era el recuento de balas. ¿Cuántas
balas fueron disparadas realmente en la cocina del
hotel Ambassador?

La pistola de Sirhan sólo podía albergar ocho
proyectiles y todos ellos fueron disparados, según la
respuesta de la policía.

El jefe de criminología de la policía de Los Ángeles,
DeWaym' Wolfer supervisó la reconstrucción de los
hechos y diseñó un complicado diagrama para justificar
la teoría de las ocho balas disparadas desde el arma
de Sirhan. Según este análisis, una de las balas se
perdió en el techo; cinco entraron en las víctimas que
sobrevivieron y dos balas impactaron en el cuerpo del
senador Kennedy. Eso hace un recuento del máximo de
balas que podía alhergar la pistola de Sirhan.

Pcro los testigos, incluyendo a William Bailey, uno de
ellos del FBI en la esccna del crimen, dijeron que
hahía pruebas de que se dispararon dos balas más. Casi
una docena de agentes de policía declararon haber
visto lo que no dudaron en calificar como agujeros de
balas en el marco de una puerta, dos proyectiles que
no podía albergar la pistola de Sirhan.


Incluso, hay fotografías que muestran esos agujeros
extras en la puerta señalados, en un primer momento,
por la policía como causados por balas. "Siem­pre nos
preguntamos por qué no se presentaron estas fotos como
pruebas en el juicio", indica Paul Schrade, ayudante
de Kenne­dy y víctima en el atentado.
Según el escritor y profesor de ciencias políticas
Phillip Me­lanson, la clave de todo esto está en que,
si realmente eran agujeros de bala, si se cuentan las
balas, Sirhan disparó diez. Algo difícil cuando la
pistola del calibre 22 tenía una capacidad de ocho
balas.

Se necesitaba una persona cualificada para
estudiarlo... pero nadie lo hizo.

Aún hay una segunda cuestión por resolver sobre el
asesinato: ¿cuál fúe la distancia real entre el arma
de Sirhan y el senador Kennedy?

Según el coronel Thomas Noguchi, que dirigió la la
autopsia de Kennedy, le dispararon a quemarropa. Basó
sus conclusiones en las pruebas físicas. Sin embargo,
éstas entraban en contradicción con los testimonios de
los que allí estuvieron.

La mayoría de los testigos de la cocina dijeron que
Sirhan se encontraba a varios metros de Kennedy cuando
le disparó. Para la policia esta discrepancia sólo es
producto de la confusión de los testigos.

Además, surge otra duda: el informe de la autopsia
establece que la bala mortal fue disparada desde
atrás. Los testigos sin embargo, afirmaron que Sirhan
estuvo, en todo momento, delante de Kennedy.

¿Cómo podría Sirhan, entonces, haber hecho el
disparo?. Es más: tampoco hubo pruebas de si coin­
cidía la pistola y el proyectil que lo mató. Después
de un cuida­doso examen en el laboratorio criminal de
la policía, los exper­tos en balística descubrieron
que la bala estaba demasiado deformada como para
permitir ningún análisis definitivo.


En esta línea; algunos expertos indican que hubo dos
asesinos la madrugada del S de junio. Dos pistolas que
acabaron con la vida de Kennedy desde distintos
lugares. Sirhan sólo tenía una y, por tanto, ¿dónde
está la otra pistola y quién la disparó?

Para los más críticos al trabajo de investigación del
departa­mento de policía significaba que el asesinato
del senador había conseguido justo lo contrario de lo
que pretendía evitar la poli­cía: preguntas sin
respuestas.
¿Hubo un segundo asesino, alguien que no fuera Sirhan

Sirhan?

LA MUJER DEL VESTIDO DE LUNARES

Entre los que insistieron en que el asesinato de
Robert Kennedy podría ser producto de una
conspiración, se encontraban varios testigos que
habian intentado dar sentido a la escena del hotel
Ambassador. En este caso se comprobó que la gran
canti­dad de testigos no hizo más fácil el trabajo de
los investigadores. Al contrario, cada cual dio una
versión diferente de lo que creía haber contemplado.

No hay duda de que Sirhan Bishara Sirhan fue visto y,
consecuentemente, capturado con una pistola recién
disparada. Sin embargo, los testigos vieron a una
mujer sospechosa en compañía de un hombre, junto con
Sirhan, en la escena del asesinato.

Así lo aseguró Sandra Serrano, entonces una joven de
21 años, colaboradora en la campaña de Kennedy. Ese
día se encontraba en una de las salidas de incendios
cuando el político fue asesinado. Según Serrano, una
pareja joven salió corriendo, gritando que acababan de
disparar al senador.

En esos primeros momentos, nadie comprobó la
información dada por Serrano. Contó en la televisión
su historia y se convirtió en la testigo más famosa de
la misteriosa mujer vestida con traje de lunares. Dos
semanas después del asesinato, el 20. de junio, el
sargento de policía Hank Hernández se citó a cenar con
Sandra Serrano. Después, se dirigieron al cuartel
general para pasar la prueba del polígrafo y Serrano
volvió a contar la historia sobre el joven y la mujer
con un traje de lunares, pero bajo la presión1 del
policía, se retractó de su declaración. Hernández
grabó el interrogatorio, una grabación que permaneció
en secreto en los archivos del departamento durante
los siguientes veinte años.


Pero Serrano no fue la única persona que dijo haber
visto a una misteriosa mujer con un vestido de lunares
en el hotel Am­bassador. El sargento de policía Paul
Sharaga también afirmó tener testigos de este hecho.
Minutos después del tiroteo, una afligida pareja que
se identificó como los Bernstein le dio la des­
cripción de unos posibles sospechosos que coincidían
con lo señalado por Serrano.

Y volvieron a repetir que la mujer llevaba un vestido
de lunares. Sharaga no tenía dudas de que la
información de los Bernstein era auténtica. a los
pocos minutos del asesinato, y no habían tenido opor­
tunidad de adornar lo que creyeron que vieron u
oyeron, ase­gura. El departamento de policía nunca
intentó encontrar a la pareja y los agentes y sus
superiores afirmaron no haber recibi­do nunca el
informe de Sharaga con sus declaraciones.

DESAPARECEN LAS PRINCIPALES PRUEBAS

Durante los años siguientes al asesinato de Robert
Kennedy, el departamento de policía de Los Angeles
mantuvo un absoluto silencio sobre el contenido de los
archivos del FBI. Cuando pa­saron los años setenta, la
especulación, que ya había comenzado después de la
condena de Sirhan, se incrementó. La policía no se
cansaba de afirmar en público que era un caso
resuelto, pero nunca sacaron a la luz ni contaron a
ningún periodista la infor­mación que tenían, sino que
guardaron todo en secreto.

En 1987, la comisión de la policía de Los Angeles se
rindió a la presión pública y a una serie de demandas
ordenando que el jefe Daryl Gates hiciera públicos los
archivos del caso Kennedy.

La apertura de los archivos proporcionó a los críticos
munición suficiente para ser acusados de
encubrimiento, ya que su contenido reflejaba bas­
tantes dudas sobre el trabajo de la policía o sus
informes.

Las evidencias y pruebas más importantes habían
desapare­cido, incluyendo el material que podría haber
resuelto las teorías que favorecían una conspiración.

Por ejemplo, en abril de 1969, sólo un mes después de
la condena de Sirhan, se supo que más de dos mil
fotografías utilizadas en la investigación fueron
que­madas por la policía, que también destruyó en
secreto los mar­cos de la puerta de la despensa de la
cocina donde tantos inves­tigadores insistieron en la
existencia de dos impactos de bala con ­una segunda
arma, y los paneles del techo.


Algunos expertos que lo vieron tras el atentado
piensan que Sirhan estaba hipnotizado y había sido
entrenado para desviar la atención de los
investigadores que buscaban una cons­piración. "Sirhan
demostró ser un excelente sujeto hipnótico.

Se sorprendieron de lo fácil que era hipnotizado y lo
difícil que fue hacerlo hablar tras el tiroteo. Se
habló de que era una persona que podría haber sido
manipulada por otros a través de la hipnosis." Las
notas encontradas en su casa, llenas de escritos
repetitivos sobre su deseo de matar al senador,
también parecían ser síntoma de algún tipo de
hipnosis.

Sin embargo, en la actualidad, la idea de que Sirhan
era un robot asesino, como un personaje de El
mensajero del mie­do, es sólo un callejón sin salida.
Más de treinta años después del asesinato de Robert
Kennedy, las pistas siguen congeladas.


Los que critican a la policía de Los Angeles no
encontraron otros posibles sospechosos, aunque había
muchos candidatos porque Robert Kennedy tenía enemigos
con motivos suficientes para querer asesinado. Jimmy
Hoffa, todopoderoso presidente del Sindicato de
Camioneros, la organización sindical más importante de
Estados Unidos, turbio personaje de métodos
gangsteriles y comprobadas complicidades en los bajos
fondos, había sido seguido por Robert Kennedy desde su
puesto de Fiscal General, y estaba en la cárcel desde
el año anterior al asesinato, cumpliendo una condena
de trece años.

Significativamente fue indultado en 1971, cuando sólo
llevaba cuatro años preso, por Richard Nixon, a quien
la desaparición de Robert Kennedy le abrió un fácil
pasillo a la Casa Blanca.

Tampoco se puede desdeñar la inquina que se tenían Bob
Kennedy y J. Edgar Hoover, el intocable jefe del FBI,
un auténtico poder fáctico en Estados Unidos durante
cuarenta y ocho años.


EL SILENCIO DEL ASESINO


Durante todos estos años, Sirhan ha guardado silencio
y cada vez que ha solicitado la libertad condicional
su petición ha sido re­chazada. Sirhan tuvo la
oportunidad de conseguirla por prime­ra vez en 1986.
Ante el tribunal expresó su remordimiento por el
crimen, pero negó que efectuara los disparos que
mataron al senador. En 1997 volvió a repetir que él no
había matado a Ro­bert Kennedy, y aseguró que sólo era
víctima de una trampa.


Estas afirmaciones no lo han beneficiado puesto que
siempre se le ha denegado la condicional. Tampoco han
servido para que aclara­ra las preguntas sin
respuestas que rodeaban al asesinato de Ro­bert
Kennedy.

El hotel Ambassador de Los Ángeles, escenario del
asesinato, cerró sus puertas en 1989 y el edificio en
que funcionó el hotel durante ochenta y cuatro años se
demolió completamente para construir una escuela
secundaria.

Robert Kennedy está enterrado en el Cementerio
Nacional de Arlington, en el Estado de Virginia, a
pocos kilómetros de Washington, junto a la tumba de su
también asesinado hermano, el presidente John E
Kennedy.

To­davía hoy nadie sabe muy bien cómo entró el asesino
en la cocina y cómo descubrió el cambio de recorrido,
plan alterado en el último instante, que condujo al
candidato por ese lugar.

Tampoco está claro si actuó solo, ni qué razones lo
llevaron a asesinar. Además hay dudas sobre el número
de balas, su trayectoria, la cercanía de los
protagonistas y la forma en la que fueron heridas las
víctimas.

Bastantes incógnitas, según mantienen los partida­rios
de la conspiración. Mientras, el Departamento de
Prisiones ha negado a Sirhan la libertad condicional
en diez ocasiones.

A pesar de que su familia ha pedido que se abra una
investigación sobre el caso, no ha habido respuesta
oficial y él sigue en su celda califor­niana.


FUENTE:http://tellagorri.blogspot.com.es/2008/08/rober
t-kennedy-otro-engao.html

La testigo Rhodes-Hugues dice que hubo un segundo agresor en asesinato de Bobby Kennedy


 LOS ANGELES, California - Un testigo del asesinato de Robert Kennedy, en 1968, aseguró que hubo un segundo agresor que disparó contra el prometedor candidato presidencial demócrata en declaraciones a la cadena CNN difundidas este lunes.
Las revelaciones coinciden con la espera de una decisión judicial sobre el recurso de Sirhan Sirhan, encarcelado por el crimen, y que espera ahora ser liberado o volver a ser procesado, reportó la Agencia Francesa de Noticias (AFP).
Sirhan fue condenado a cadena perpetua en 1972.
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La testigo

Pero Nina Rhodes-Hugues, que presenció el asesinato de "Bobby" Kennedy, hermano menor del también asesinado presidente John f. Kennedy, en un hotel de Los Angeles, asegura que Sirhan no era el único agresor.
"Hubo más de ocho disparos", precisó, añadiendo que dijo a las cadenas de televisión que se habían producido 12 o 14 disparos la noche del atentado, pero que los investigadores ignoraron la información.
Según Rhodes-Hughes, quien no fue llamada a declarar en el primer juicio sobre el caso, "hubo dos agresores, eso debe salir a la luz y saberse quiénes eran. Debe de saberse quién era el otro agresor porque definitivamente, hubo otro agresor".
"Lo que debe saberse es que había otro tirador a mi derecha", dijo en una entrevista exclusiva con la cadena CNN. "Debe decirse la verdad, no más encubrimientos".

Dos pistolas

Un reporte del diario español El Mundo y que recoge las declaraciones de Rhodes-Huges, da cuenta que las primeras declaraciones de la testigo fueron pasadas por alto, y que la mujer “afirma que escuchó disparos de dos pistolas durante el tiroteo de 1968 y que las autoridades alteraron su versión del caso”.
Kennedy murió el 6 de junio de 1968, un día después de ser atacado a tiros en el hotel Ambassador de los Angeles, tras concluir un mitin político.
El informe del FBI indica que Rhodes-Hughes estaba dentro de la cocina-despensa del hotel durante el momento crucial del tiroteo. El Mundo agrega que la testigo sostiene que el FBI tiene detalles de su historia que son erróneos, incluyendo sus afirmaciones sobre el número de disparos y desde dónde se realizaron esos disparos.

El atentado

En el tiroteo, Kennedy fue el herido más grave de las seis personas que recibieron disparos aquél fatídico.
El Mundo añade que en su juicio de 1969, la defensa de Sirhan nunca rebatió a los fiscales el hecho de que él fuera el único tirador en el asesinato de Kennedy. Sirhan testificó en el juicio diciendo que él había matado a Kennedy "con 20 años de premeditación" y fue condenado a muerte, pena que le fue conmutada en 1972 por la de cadena perpetua. Después del juicio, Sirhan se retractó de su confesión.
Rhodes-Hughes explicó que quería ofrecer su versión porque "necesitaba curar mis heridas, a pesar de que uno nunca se recupere de esto al 100%, pero para mí era más importante curarme que impartir justicia".
 fuente:http://noticias.univision.com/estados-unidos/noticias/article/2012-05-01/testigo-habla-segundo-agresor-robert-kennedy#axzz2NjLcWSwV







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